Con un puñado de amigos y conocidos
es suficiente para montar un estado.
A poco que charlemos sobre el tiempo en esta mesa redonda
situaríamos los bandos, los codos y los cuchillos;
llenaríamos los vasos de tinto como la sangre
y levantaríamos tradiciones;
situaríamos el mismo brindis cada trescientos sesenta y cinco días después de este día.
Daríamos vueltas al sol
como si el tiempo colocara las cosas en su sitio,
como si faltaran motivos para abrir las manos
o estadistas que calibren
por cuantas rutinas seguir aplazando la venganza.
Tengo un lugar común plagado de invasores:
cada día decido entre plantarme en la opinión o ahogarme en la duda.
Tengo una cabeza plagada de extranjeros,
las cenizas de sus banderas en una urna encima de la chimenea,
animales en peligro de decisión.
He levantado una barricada en el rellano,
no estoy dispuesto a confundir mis vergüenzas con las del vecino.
Desde esta mesa,
donde contamos las bajas,
redactaremos herencias antes que cartas de recapitulación,
haremos a los hijos cómplices o resignados por consecuencia,
pero, sobre todo,
herederos.