sábado, 27 de enero de 2018

Bis existencial

Estoy a 800 millas de mi vida idílica. 

Del amor me ensañaron a desear mucho y preguntar poco, 
sostener pretendiendo que no agarre,
saborear sin morder,
lamer.

Morir de. Morir por. 
Ocaso.
Renacer. Rebuscar.
 

Ahora aquí. Ahora así. 

Estoy a 625 millas de mi vida idílica. 


Del ser me enseñaron a desear mucho y preguntar poco.
                                   [preguntar poco, como bis existencial

Saltar para alcanzar la leja de arriba,
asaltar la despensa de los demás.
No caben todos los codos en la mesa.
No caben todas las manos en el calor de la hoguera.  

Trepar y resbalar. 
                                   [resbalar, como contínuo bis existencial

El sueño no se toca.
La edad se rehabita:
                    ya pasarás por aquí. 

Estoy a 408 millas de mi vida idílica. 


Flor de tabernas.
Hora punta en la naturaleza;
todos los salvajes protestan por el overbooking de salvajes y nadie deja sitio.
Las ramas de la ventana empezaron el conflicto; no se ve el plus.  
Otra rama. Corto con la naturaleza y me hago un dúplex. 
 
Se me queda baja la luna,
pero alguien la sube en 4K a Youtube. 


Estoy a 250 millas de mi vida idílica. 

Deseo hacerme un esqueleto de naturaleza en el salón.  
Y otro complemento.
            Otra cara conocida.
                       Y otro complemento. 


Medí mal y no me caben las pieles disecadas de las medias naranjas en la pared del pasillo. 

Voy a la moda de algún tiempo,  
solo es cuestión de esperar. 

Estoy a 124 millas de mi vida idílica. 

Acudo a cuadernos que me sostienen lo que no te chillo. 
Paseo las arterias y el florete con el que te disequé. 
¿Qué pondré en mi epitafio?
                
Dejen tinta, queda por escribir. 


Podría incluso tener tiempo y pertenecer a una generación poética de imbéciles. 
Estoy a 50 millas de mi vida idílica.

Seco llego tras el sonido del pedaleo.
Víveres en el corredor de la muerte.
Spring final.
Se ahoga el pelotón en la espuma de la celebración, 

pero es que había que celebrar el naufragio.


Y al final otra ola y nunca tocamos la cresta 
 
y otra ola 

y auxilio 

y renacer 

y volver al mar.

martes, 16 de enero de 2018

Prólogo [epicentro]


He agarrado por fin el último hilo que me sostiene al vientre del titiritero, 
podría tirar y ver quién de los dos cae primero.
He mirado hacia atrás y preguntado:
¿Qué invierno aguarda fuera del manto de estas directrices?

No puedes pretender abanderar causa ajena. 

¿Qué hay fuera de este paraguas de papel?
Solo otra necesidad de chamán salvaje,
otra lluvia que borre pinturas de las guerras de las que nos adueñamos. 

Saltar sobre el charco, para calar al resto. 

¿Qué hay más allá del último hilo?
Ahora me clavo en tu mirada perdida
y ni recordar, ni recorrer, son verbos del
ahora. 

Corto el hilo,
atravieso agujeros de gusano,
cambio las pilas al mando de la distancia
y rebobino mis pasos lejos del ruido de la celebración. 


Solo desde la soledad se construye la manada.
Los llantos de las viudas de guerra ordenan ahora los cimientos de la ciudad. 

Uno pone a calentar sus propios clavos, 
uno ata los cordones, bien fuerte, a su niño; 
no se puede tropezar en el sueño. 

Es necesario llenarse el plato y escupir bien adentro; 
solo desde el pico más alto se tarda más en caer. 

Cada suicida traza su salto,
cada ciudadano habita su circunstancia. 

Es necesario transitar de vez en cuando el circo, 
desordenarse en la cotidianidad,
poner la zancadilla al recién nacido:

                                                          tengo que aprender a tropezar. 

La marea ha ahogado mis botellas;
en el arrecife ha quedado tendido mi disfraz.