martes, 16 de enero de 2018

Prólogo [epicentro]


He agarrado por fin el último hilo que me sostiene al vientre del titiritero, 
podría tirar y ver quién de los dos cae primero.
He mirado hacia atrás y preguntado:
¿Qué invierno aguarda fuera del manto de estas directrices?

No puedes pretender abanderar causa ajena. 

¿Qué hay fuera de este paraguas de papel?
Solo otra necesidad de chamán salvaje,
otra lluvia que borre pinturas de las guerras de las que nos adueñamos. 

Saltar sobre el charco, para calar al resto. 

¿Qué hay más allá del último hilo?
Ahora me clavo en tu mirada perdida
y ni recordar, ni recorrer, son verbos del
ahora. 

Corto el hilo,
atravieso agujeros de gusano,
cambio las pilas al mando de la distancia
y rebobino mis pasos lejos del ruido de la celebración. 


Solo desde la soledad se construye la manada.
Los llantos de las viudas de guerra ordenan ahora los cimientos de la ciudad. 

Uno pone a calentar sus propios clavos, 
uno ata los cordones, bien fuerte, a su niño; 
no se puede tropezar en el sueño. 

Es necesario llenarse el plato y escupir bien adentro; 
solo desde el pico más alto se tarda más en caer. 

Cada suicida traza su salto,
cada ciudadano habita su circunstancia. 

Es necesario transitar de vez en cuando el circo, 
desordenarse en la cotidianidad,
poner la zancadilla al recién nacido:

                                                          tengo que aprender a tropezar. 

La marea ha ahogado mis botellas;
en el arrecife ha quedado tendido mi disfraz. 



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