Me culpas de las
colillas contadas del cenicero
y fuiste tú quien
trajo el humo a estas paredes blancas;
pintadas con las
palmas de las manos abiertas y curiosas de unos críos que asimilaban los juegos
de los mayores.
Tiro del enredo
para obtener luna, arena y calle.
Sales, vestida de
hippie, al jardín de los muros
y no das con la
naturaleza.
Sentados en el
banco sosteníamos las piedras por la nostalgia de cuando volábamos sin zapatos.
Al otro lado del
parque,
desnudo el hoyo
donde pusimos los huesos
y encuentro que
lo único a medida eran las correas.
Tengo que salir
de aquí, pero antes tú de mí.
Me frena el
ralentí de conversaciones pendientes.
Me estanco.
Aún sueño con el
anochecer entre los contenedores del barrio
y luego ya
recoger las latas
y al día
siguiente la vida entera.
Llevo tres años
viviendo en Madrid.
Me dejo caer en
espirales de autobuses
y sintagmas que
me saquen del paso;
converso con
cualquiera que se preste a la escucha.
Trago agua para
recordar que el mar aquí siempre lejos queda
y lo demás es
sucesivo ámbar que nunca acaba de cambiar
y los demás son
sucesivo ámbar que no acaban de cambiar.
En la parada de
enfrente, espera más gente que en la mía.
Habito la
soledad, pero aquí nadie vive solo.
Abro los brazos
por coraza
y comparto el
último en la puerta con quien quede.
Algunos en los
locales de la zona me reconocen con nostalgia:
ya
vienes poco por aquí
Y a ver cómo
explicar que me quedan pocos poemas por ordenar,
que rescribo el
día con la paciencia del albañil:
dejándolo secar y así levantar el mundo.
Que comparto
bando como el que presta el mechero:
sin
presentaciones y cada uno sigue su camino.
Monto mi
felicidad en bloque
[aunque no me exima del bucle
y planeo el
derribo
para reconocerme
desde la base.
He derribado mis
naipes de ego
así que déjenme
barajar tranquilo.
Hago otro alto en
la línea de mi felicidad.
[próxima parada]
En el bus hace un
frío de cojones
y aunque desee
desnudarme,
para alejar
cualquiera de mis parecidos,
del resto de
muertos vivientes;
me visto de
persona normal como hacen los que tienen donde llegar
y ya habrá nuevos
dioses en cualquier rincón,
con misericordia
suficiente para atender mis problemas de occidental.
Por fin mi
parada.
Pido permiso para
llevarme fuera mis malos humos
y que la casa no
huela a causa.
Pido permiso para
ladrar fuera,
esta luna puede
ser mi propiedad privada.
Abro puertas por
curiosidad
y otras las
cierro precisamente para encontrarme dentro.
Bastante
amarillas se sostienen las paredes como para seguir fumando aquí.
Bajaré hasta el
muro,
junto del chino de Francos,
tatuaré el resto
de mi panfleto,
que acabo de
idear bajando estos trece pisos en un ascensor lento:
A la revolución están
invitados todos,
pero que sepan que es para
los pobres.