miércoles, 31 de octubre de 2018

Mecha: amor y propiedad privada


Me culpas de las colillas contadas del cenicero
y fuiste tú quien trajo el humo a estas paredes blancas;
pintadas con las palmas de las manos abiertas y curiosas de unos críos que asimilaban los juegos de los mayores.

Tiro del enredo para obtener luna, arena y calle.

Sales, vestida de hippie, al jardín de los muros
y no das con la naturaleza.

Sentados en el banco sosteníamos las piedras por la nostalgia de cuando volábamos sin zapatos.

Al otro lado del parque,
desnudo el hoyo donde pusimos los huesos
y encuentro que lo único a medida eran las correas.

Tengo que salir de aquí, pero antes tú de mí.

Me frena el ralentí de conversaciones pendientes.
Me estanco.

Aún sueño con el anochecer entre los contenedores del barrio
y luego ya recoger las latas
y al día siguiente la vida entera.

Llevo tres años viviendo en Madrid.

Me dejo caer en espirales de autobuses
y sintagmas que me saquen del paso;
converso con cualquiera que se preste a la escucha.
Trago agua para recordar que el mar aquí siempre lejos queda
y lo demás es sucesivo ámbar que nunca acaba de cambiar
y los demás son sucesivo ámbar que no acaban de cambiar.

En la parada de enfrente, espera más gente que en la mía.

Habito la soledad, pero aquí nadie vive solo.

Abro los brazos por coraza
y comparto el último en la puerta con quien quede.

Algunos en los locales de la zona me reconocen con nostalgia:
            ya vienes poco por aquí
Y a ver cómo explicar que me quedan pocos poemas por ordenar,
que rescribo el día con la paciencia del albañil:
dejándolo secar y así levantar el mundo.

Que comparto bando como el que presta el mechero:
sin presentaciones y cada uno sigue su camino.

Monto mi felicidad en bloque
            [aunque no me exima del bucle
y planeo el derribo
para reconocerme desde la base.

He derribado mis naipes de ego
así que déjenme barajar tranquilo.

Hago otro alto en la línea de mi felicidad.
            [próxima parada]

En el bus hace un frío de cojones
y aunque desee desnudarme,
para alejar cualquiera de mis parecidos,
del resto de muertos vivientes;
me visto de persona normal como hacen los que tienen donde llegar
y ya habrá nuevos dioses en cualquier rincón,
con misericordia suficiente para atender mis problemas de occidental.

Por fin mi parada.

Pido permiso para llevarme fuera mis malos humos
y que la casa no huela a causa.
Pido permiso para ladrar fuera,
esta luna puede ser mi propiedad privada.

Abro puertas por curiosidad
y otras las cierro precisamente para encontrarme dentro.

Bastante amarillas se sostienen las paredes como para seguir fumando aquí.

Bajaré hasta el muro,
junto del chino de Francos,
tatuaré el resto de mi panfleto,
que acabo de idear bajando estos trece pisos en un ascensor lento:

A la revolución están invitados todos,
pero que sepan que es para los pobres.

Llenamos el mar


Tratar el cautiverio de sueños como se merece
y alargar la noche bajando la persiana,
confundir el flexo con la luna
y aullar a la patria de las sábanas.

Somos solo restos de guerras confluyendo,
el humo que humedece las pupilas después de quemar recuerdos.
Ahora las lágrimas son de lluvia
y como siempre, precipitados, llenamos el mar.

Arriamos las velas y huele a incienso,
zarpo por tu cuerpo y cuando venga el naufragio,
solo recordaré:
la persona que algún día fui,
que fui feliz mientras duró la noche
y que el amor, solo fue por si acaso.

Nido


Ella sueña con visitar mi jauría.
Yo entreabro las puertas;
al fin y al cabo, todos buscamos luz.

Comienzan a sonar aleteos impertinentes.
Hay gritos. Poetas sin voz.
Lo que quedó es terreno recalificado.
Ella observa, ansiosa o con pausa, sueña con alimentar a mis pájaros.
Mis pájaros que solo son ya pájaros ignorados.

Ella se empeñó el levantar un castillo,
empoderarnos de mariposas y humo,
fundar un reino.
Que no se ponga el sol.

Pero a pesar del neón,
de mi imperiosa necesidad de alienación,
a pesar del escudo de evasión donde duerme un miedo recién nacido,
de mi esfuerzo por tejer los hilos que me enreden a su cuerpo,
vuelven a casa mis pájaros cada noche;
puesto que tienen un plato,
saben que tienen un plato y un rincón.

Entonces ella se va,
no queda frontera que defender,
siempre caen los muros cuando vienen a invadirnos los porqués.                                                                                   

martes, 12 de junio de 2018

Anónimos I

Fuman, a la noche, ángeles blancos,
libran demonios bajo las sábanas siempre duelo final;
si madruga el amor prematuro,
amanecen pétalos grises.

Mata el piano horas muertas
y la ciudad no sabe decir adiós a la lluvia;
alguien se ha encargado de tatuar su panfleto en el grafiti
y un soñador pobre naufraga frente a la persiana,
hoy se ha cerrado otro comercio.

La ciudad reviste su fe de símbolos de grandeza
y los manuscritos no sueltan las manos de los creyentes.
Puedo envolver con los mejores recortes
el hilo que de puntadas de futuro
pero los espacios se reducen a huecos privativos de ahora.

Puntada a puntada: manufacturar del ahora.

Comparto bando como el que presta el mechero;
sin presentaciones y cada uno sigue su camino.

El anonimato es un dato con el que contamos
en el recuento de bajas que conforman los náufragos.
Solo precisamos de más manos.
Todos hemos visto cuernos alzarse por encima de muros,
pero cada uno en su lado;
hoy seguimos sumando frentes
y los muertos siguen contados por manos anónimas
y las espaldas siempre pesan a los mismos.

Gente común exige revolución común.

Tomen la llave del desván de restos
y dejen entrar a los niños.
La puerta del mañana siempre está entornada
y hay que dejar secar lo asfaltado.

Fumadores pasivos,
no ven el amanecer,
por no saber coserse las alas.

Descansan pétalos
y el negro no deja lugar a color.

sábado, 7 de abril de 2018

Ecos de ego

Me abstraigo para meter mi hocico de luna en la necesidad;
el resto es hurgar.

Si mi ego me tapa la luz del flexo, pido sombra en árboles sin rama;
el resto es escribir.

Escarbo en las conversaciones que inundan mi salón,
coloco escaleras sujetadas por el resto
                                                                                        [no me dejan caer
y me detengo en lo alto de la estantería:
mi pasado es una vitrina vacía,
la victoria ya alcanzada no es ni escalón para lo que pretendo.

Renunciar a la meta es alcanzar.
Rebobinar mi naturaleza: el paraíso.

Todos buscan hueco en huecos hechos por otros.
Escarbo a los demás para decorar mi fachada.
No es mi guerra entender otra guerra,
pero el napalm me amarillenta las fotografías.

Me evado en tu necesidad para mantener la curiosidad por uno mismo;
el resto es luchar.

viernes, 16 de marzo de 2018

Invierno + Partes de mí (con Pablo Urizal)


El tiempo va pasando lento pero inevitable;
como una costra que sufre vértigos
al ser separada de la carne ya muerta,
como un alfiler que tímidamente se abre paso
entre la uña y la carne,
como alguien que espera de noche en un portal
con el cigarro consumido entre los dedos
sin apenas haber dado un par de caladas.

Los nervios invadieron mis pulmones antes que el humo.
Cualquier invierno se apodera de mi palacio
y toda visita es ya un lujo.

Siento como se borra la identidad de mis huellas
dáctiles a cada minuto que pasa.
Siento como nacen debajo de la piel quemada nuevas
maneras de ser yo sin serlo del todo.

Salgo a la calle con la insoportable sensación de haber visto esto antes
y me amoldo a la insatisfacción de ser extranjero en cualquier patria.
Surfeo un guion prediseñado por el anhelo
de no saber llamar hogar a la oscuridad.
¿Qué parte de mí es realmente mía?
No reconozco lo que son capaces de hacer estas manos empeñadas nada más que en sostener,
esta boca que solo habla de huida.

Para la noche soy un ovillo
que solo espera unas manos anónimas que jueguen conmigo.

Hoy, durante un minuto que se me dibujo infinito
me desnudé por completo.

Hoy, me he abandonado al microscópico espacio que
se dejan los azulejos cuando son obligados a vivir en pareja.

Hoy mi amor es un Rolls-Royce de segunda mano, rallado y sin calefacción
y el frío ocupa asiento en mi vida antes que tú.
Hoy tu amor es Ford Fiesta problemático
pero con música y cenicero.

Hoy, he recorrido el suelo en busca de algún charco
donde ver la luna reflejada en pleno agosto.

La noche se va adentrando en mi cama,
lenta y silenciosa a la par que infranqueable.

Mis ojos son copos de nieve y necesitan un calor
insultantemente cercano para derretirse sobre la piel
que un día formó parte de mi cara.

Siento la tierra moviéndose debajo de mí;
es raro, pero no consigo hacer nada para alcanzar su ritmo.

Pero yo despego,
sobrevuelo las ciudadelas de la utopía,
escupo los sedantes que colocó bajo mi lengua el capitalismo.

Ellos piden que aterricemos.

Si caigo, buscaré razones en tierra.
Siento que hoy, durante un minuto,
el movimiento de la tierra se ha detenido
y nos hemos quedado mirándonos como idiotas,
de espaldas, a varios kilómetros de distancia.

Pongo todo mi empeño en exprimir el juego;
me desangro cuando debería estar durmiendo.

Cuando el dado empuja,
nadie sale de sus casillas por voluntad propia.
Cavo mi tumba o ella me cava a mí
cuando creo que juego solo.

Ya no descanso a no ser que las sábanas lleven bordadas
mi nombre sobre dos fechas.

¿Qué parte de mí es realmente nosotros?


Lo reconozco;
Tengo miedo de que la fecha de nacimiento
no coincida con el día exacto en el que te vi
Por primera vez

sábado, 27 de enero de 2018

Bis existencial

Estoy a 800 millas de mi vida idílica. 

Del amor me ensañaron a desear mucho y preguntar poco, 
sostener pretendiendo que no agarre,
saborear sin morder,
lamer.

Morir de. Morir por. 
Ocaso.
Renacer. Rebuscar.
 

Ahora aquí. Ahora así. 

Estoy a 625 millas de mi vida idílica. 


Del ser me enseñaron a desear mucho y preguntar poco.
                                   [preguntar poco, como bis existencial

Saltar para alcanzar la leja de arriba,
asaltar la despensa de los demás.
No caben todos los codos en la mesa.
No caben todas las manos en el calor de la hoguera.  

Trepar y resbalar. 
                                   [resbalar, como contínuo bis existencial

El sueño no se toca.
La edad se rehabita:
                    ya pasarás por aquí. 

Estoy a 408 millas de mi vida idílica. 


Flor de tabernas.
Hora punta en la naturaleza;
todos los salvajes protestan por el overbooking de salvajes y nadie deja sitio.
Las ramas de la ventana empezaron el conflicto; no se ve el plus.  
Otra rama. Corto con la naturaleza y me hago un dúplex. 
 
Se me queda baja la luna,
pero alguien la sube en 4K a Youtube. 


Estoy a 250 millas de mi vida idílica. 

Deseo hacerme un esqueleto de naturaleza en el salón.  
Y otro complemento.
            Otra cara conocida.
                       Y otro complemento. 


Medí mal y no me caben las pieles disecadas de las medias naranjas en la pared del pasillo. 

Voy a la moda de algún tiempo,  
solo es cuestión de esperar. 

Estoy a 124 millas de mi vida idílica. 

Acudo a cuadernos que me sostienen lo que no te chillo. 
Paseo las arterias y el florete con el que te disequé. 
¿Qué pondré en mi epitafio?
                
Dejen tinta, queda por escribir. 


Podría incluso tener tiempo y pertenecer a una generación poética de imbéciles. 
Estoy a 50 millas de mi vida idílica.

Seco llego tras el sonido del pedaleo.
Víveres en el corredor de la muerte.
Spring final.
Se ahoga el pelotón en la espuma de la celebración, 

pero es que había que celebrar el naufragio.


Y al final otra ola y nunca tocamos la cresta 
 
y otra ola 

y auxilio 

y renacer 

y volver al mar.

martes, 16 de enero de 2018

Prólogo [epicentro]


He agarrado por fin el último hilo que me sostiene al vientre del titiritero, 
podría tirar y ver quién de los dos cae primero.
He mirado hacia atrás y preguntado:
¿Qué invierno aguarda fuera del manto de estas directrices?

No puedes pretender abanderar causa ajena. 

¿Qué hay fuera de este paraguas de papel?
Solo otra necesidad de chamán salvaje,
otra lluvia que borre pinturas de las guerras de las que nos adueñamos. 

Saltar sobre el charco, para calar al resto. 

¿Qué hay más allá del último hilo?
Ahora me clavo en tu mirada perdida
y ni recordar, ni recorrer, son verbos del
ahora. 

Corto el hilo,
atravieso agujeros de gusano,
cambio las pilas al mando de la distancia
y rebobino mis pasos lejos del ruido de la celebración. 


Solo desde la soledad se construye la manada.
Los llantos de las viudas de guerra ordenan ahora los cimientos de la ciudad. 

Uno pone a calentar sus propios clavos, 
uno ata los cordones, bien fuerte, a su niño; 
no se puede tropezar en el sueño. 

Es necesario llenarse el plato y escupir bien adentro; 
solo desde el pico más alto se tarda más en caer. 

Cada suicida traza su salto,
cada ciudadano habita su circunstancia. 

Es necesario transitar de vez en cuando el circo, 
desordenarse en la cotidianidad,
poner la zancadilla al recién nacido:

                                                          tengo que aprender a tropezar. 

La marea ha ahogado mis botellas;
en el arrecife ha quedado tendido mi disfraz.